martes, 11 de diciembre de 2012

Lo que uno aprende de sus alumnos

Yo dicto (bueno, dictaba) clases en una escuela de cocina en Lima, en Pachacútec, Ventanilla.

Tengo que despertarme a las 5:15 de la mañana, los lunes, mi día libre en el trabajo... así es, en mi día libre me despierto más temprano que nunca, para manejar 20 minutos, y pasar más de una hora en una van que nos recoge.

Regreso, luego de otra hora (u hora y media) de viaje, a manejar 30 minutos más y estar en mi casa a las 4 de la tarde... con suerte.

Ah, y todo esto, sin cobrar un sol.

¿Por qué? Siempre me lo preguntan... y nunca emtienden mi respuesta...

Es por cosas como el plato de la foto, de una alumna y ahora cocinera mía. Les pedí que para su examen final, reinterpretaran un plato visto en clase (Cocina del norte).

El sólo hecho de ver y probar platos como éste, hacen que yo sienta que vale la pena tanto esfuerzo (en nada comparado con el mis alumnos).

Si pude si quiera colaborar en un 1% en que busquen nuevas técnicas y formas de superarse y sorprenderme, es paga suficiente.

Realmente siento que colaboro con el futuro de la cocina peruana, no sólo enseñándoles platos, recetas y técnicas, sino compartiendo mi vida y filosofía de cocina, estando ahí para ellos y logrando que piensen más allá de lo ya establecido, que no se queden en lo fácil.

Esa es mi paga.
Ese es mi sueldo.
Y es por ello, que enseñando ahí me he vuelto millonario.

"Hay que engordar el corazón antes que la billetera"

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